Hace
6 meses estaba yo atacá de los nervios, haciendo un esfuerzo infinito por no
llamar cada dos minutos para saber por dónde iban, a qué hora llegarían aproximadamente...
Vilma venía de camino. Y yo pegada al móvil todo el día. Qué eternas fueron aquellas
horas.
Muchos
cambios y avances. Antes teníamos que arrancarla del sofá (menuda perezosa,
colocarle el collar y, tan pronto te girabas ya estaba de nuevo tumbada); ahora
salta de alegría cuando toca salir. Eso sí, nada de madrugones, y las tardes
con calma, mucha calma, sobre todo en verano. (Hace calor! Va a ser que no
demasiado, esto es Galicia, este año la esquina rarita del mapa meteorológico).
Cada
vez juega más y resulta más fácil provocarla. El último paseo del día es su momento
estelar. Tan pronto se acerca un perrito (que a ella le guste, claro), se
agacha y se coloca en posición (es alucinante como se arquea), toda nerviosa,
incluso ladra (a veces con tanta insistencia y potencia que cualquier día a
alguno lo mata del susto. Habrá que moderar tanto ímpetu ruidoso).
Ir
con ella por la calle implica pararse a hablar de forma constante. Alguien
pregunta por la raza (el anuncio del
Golf es todo un referente). Escucho terribles historias, admiración por su
porte elegante, dudas sobre si no debería engordar unos kilitos, o los tópicos
de cuánto corren (y Vilma sentada a mi lado).
Vaya
donde vaya se sabe observada. Con esa cara de buena, si la correa se lo
permite, se acerca a por su ración de piropos y caricias (y si hay una bolsa, a
por ella, por si aparece comida en su interior). Es más lista!
Es
un saco de mimos sin fondo, la reina del sofá y muy tranquila en casa. Es muy
buena, aunque siguen vigentes las medidas anti-robo de cualquier alimento,
crudo o cocinado. Aún no hemos descubierto nada que no le guste. Aprovecha
cualquier despiste para hacerse con un delicioso guiso de ternera ecológica, un
regalo que nunca llegó a su destino, paraguayos... Y al final de algunas
comidas hace un repaso exhaustivo de la alfombra que hay bajo la mesa, por si
acaso.



Deseaba
tanto poder soltarla, pero el miedo (y la prudencia) se imponían. Hasta que
llegó el día: 14 de mayo. En una playa pequeña y alejada de la carretera. Por
precaución llevábamos premios comestibles, infalibles para que venga de
inmediato. IMPRESIONANTE. Empezó a hacer amplios círculos a gran velocidad, no
se lo creía (yo tampoco). No puedo expresar lo que sentí. Intenté grabarla,
pero no supe deslizar el botón de la cámara del móvil (siempre fui muy zarpas
con las tecnologías. Esta vez incluso tengo excusa, el aparato era nuevo).
Visto lo visto, unas pocas fotos y a disfrutar del momento. De verdad,
espectacular. Me emociono al recordarlo.
Con
la confianza aparece el carácter, que sin duda tiene. Ya le ha gruñido, siempre
en defensa de su territorio (el sofá o su cama), a algunas personas. Y si un
perrillo se pone pesado, zas, le suelta un contundente ladrido.
En
el parque, orejas en posición y cabeza alzada, vigila a los gorriones. Un
polluelo caído del nido acabó en su boca ante mi espanto. Una décima de segundo
y ella ya lo había atrapado. De inmediato lo suelta al escuchar mi rotundo NO. (Pensará
que estoy loca, a saber). Hasta ese día todo parecía un truco ingenioso, ella
se dedicaba a aterrorizar a algunos pájaros que osaban posarse sobre el suelo,
sin llegar a rozar ni una pluma.
Mi navarrica cumplió 6 años el 7 de julio (San Fermín, ja ja ja). Para celebrarlo,
como no podía ser de otra manera, un postre especial. Un exquisito hueso.
Sorpresa, no era capaz de hincarle el diente y hubo que echarle una mano y
partirlo en dos. A partir de ese instante se puso morada. Creo que acertamos
con el regalo.
Ella cada día más contenta, y para nosotros es una inagotable dosis de felicidad.